22 de febrero de 2011

Crónica: La controversial partida de un buen hombre



Escrito por: Estela Guevara S.

Estoy sentada en una cama dos por dos, es tan grande que parece ser capaz de soportar a 5 personas como mínimo. Acabo de pasar una noche extraña. En un cuarto extraño. En el que la ausencia y el dolor se mezclan para convertirse en el único sentimiento existente.

En el fondo soy consciente de lo que hago allí, pero pienso que no puede ser cierto. ¿Sera verdad? ¿Acaso, puede la vida cambiar tan rápido de un momento a otro? Al voltear a mi derecha me doy cuenta que sí. Es en ese preciso momento en el que lo recuerdo todo.

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No había experimentado lo que se siente perder un ser querido, hasta aquel día.

Antes, muchos familiares murieron por distintas razones y de diferentes maneras; pero la forma en la que Carlos Alberto murió, no tenía en mi vida antecedente alguno.

Cuando pienso en su muerte me es inevitable imaginarme un partido de futbol, y es ese el escenario que viene a mi cabeza, porque allí fue donde compartí con Carlos la mayor parte del tiempo. Durante el año que estuvo en Barranquilla, el Estadio Metropolitano se consolidó como nuestro lugar de encuentro, y en él, disfrutábamos al máximo cada partido del Junior, perdiera o ganara. No faltamos, ese año, a ninguno.

De hecho, cuatro días antes de su muerte estuvimos en uno de estos, el último, a decir verdad. Era domingo y vimos al equipo perder. Fue doloroso, pero no sabíamos que luego perderíamos algo mucho más importante, lo perderíamos a él.

Pero, ¿Quién es él?

Carlos Alberto Puerto Vela era un hombre de 40 años. Su manera de caminar con los pies pegados al suelo y su forma de hablar característica revelaban a leguas su lugar de procedencia, era bogotano.

Lo conocía por que era el esposo de mi prima. O mejor, es el esposo de mi prima. Porque estoy segura que para ella nunca dejara de serlo. Mi prima se llama Shirley, la conozco desde siempre. Ella es para mí como una hermana mayor, de esas que quieres con el alma.

Carlos y Shirley emprendieron su vida juntos en Barranquilla, lugar que luego los separaría, al menos físicamente.

Él trabajaba en las Fuerzas Armadas de Colombia. Por el ejército conoció a mi prima. Viajando cada año a una ciudad diferente, en uno de esos viajes a Barranquilla se encontró con ella.

Recuerdo la luz en sus ojos al hablar sobre el momento en que la conoció, el día de la boda y el tiempo juntos. Como aquella visita a Puerto Colombia que lo emocionaba, era tan evidente que no podía dejar de hablar de esa experiencia, siempre que intentaba contar como se enamoró de Shirley, la visita al muelle del antiguo puerto de Colombia venía implícita en la conversación.

Su vida era de gitanos. De aquí para allá, y de allá para acá, iban conociendo incluso los lugares más inhóspitos del país. Los hijos llegaron con el tiempo. Valentina, la mayor, nació en Bogotá. El siguiente, Carlitos, nació en Cárepa, Antioquia. Y la pequeña Natalia, en Cali. Esta ultima de ojos azul celeste y mirada profunda siempre fue su gran adoración, al igual que sus otros pequeños, la diferencia radicaba en que Natalia vivía pegada al pie de su papá.

Durante toda su vida, Carlos no hizo más que responderle al Ejército. Y Después de tanto tiempo en esa vida gitana, en la que sus hijos reclamaban a gritos sus afectos, pensó que lo mejor que podía hacer era dejar las milicias. Esa decisión lo llevó a Barranquilla, más por el afán de complacer a Shirley, su esposa y mi prima, que por que realmente le gustará dicha ciudad.

El año en Barranquilla que cambió sus vidas para siempre.

Barranquilla es caliente. Carlos era Bogotano. Y ambos juntos eran todo un chiste, una combinación tan irracional que causaba risa. La pantaloneta a media pierna, los tenis con sus respectivas medias, atuendo de vacaciones eternas, lo delataban como cachado con solo verle pasar.

Las veces, y fueron muchas, que fuimos juntos al estadio, a ver al Junior, criticaba entre divertido y tranquilo cada movimiento de los jugadores del equipo rojiblanco, reía a carcajadas cuando los hinchas gritaban improperios- Nojoda, maricón- entre otros por el estilo que causaban en él vergüenza. Ver futbol le divertía. Comerse unas butifarras, de esas que nadie sabe con qué fueron hechas, y que a pesar de su olor tienen un sabor delicioso, era el plan que nos unía. Mi hermano y yo, junto con él y su hijo Carlitos disfrutábamos al máximo de ese tiempo juntos.

Él siempre fue neutral, ni era hincha del junior ni de ningún otro, Carlos era hincha, simplemente, del futbol. El último recuerdo que tengo de él, está precisamente ligado a este tema: Después de hablar 3 minutos con él y de despedirnos en la puerta de su casa, cada uno cogió su camino. Pero yo sabía que el me diría algo, sin pensarlo volteé, y allí estaba él, que voltio al tiempo y dijo – Ese Junior si está mal ah?, ¡Qué viva el Santafé!-. A lo que no pude evitar responderle- Junior, tú papá-. Luego, ambos reímos. Esa fue la última vez que lo vi.

Ese año cambió su vida, porque en el Carlos hizo lo que nunca había hecho. Se levantaba a las 10:00 de la mañana, cosa que en el ejército era impensable hacer. Pasaba por sus hijos al colegio, iba a cine con Shirley, jugaba futbol con Carlitos, consentía a sus hijas, pasaba tiempo de calidad con las personas que más amaba, su familia. En ese año, yo lo conocí más, lo quisé más y lo admiré más. En pocas palabras durante ese año en Barranquilla Carlos vivió, pero en Barranquilla también murió.

El día de su muerte.

Yo estaba en mi casa cuando recibimos la llamada que cambiaría nuestra vida para siempre. Mi prima en la clínica por unos tiros en la pierna. La noticia era confusa. Pero aún así, creía que no podía ser tan grave. Hasta que horas después todo se esclareció. Y conocimos la tragedia.

Fue un viernes 22 de octubre de 2010 a las 7:00 de la noche. Cuatro tiros a quemarropa en el pecho acabaron con su vida.

Ese viernes, Carlos, Shirley, sus tres hijos, de nueve, siete y un año junto con Dianis, la encargada de cuidar a los pequeños, abandonaron su casa ubicada al norte de la ciudad para nunca volver, bueno… para nunca volver completos.

En la Súper Tienda Olímpica estaban haciendo compra. Cuando salieron a poner el mercado dentro del baúl del carro, cuatro hombres en dos motos balearon el lugar, pero uno de ellos se empecinó en quitarle la vida a Carlos y herir la pierna de mi prima Shirley, impidiéndole asistir a su esposo en los últimos momentos de su vida.

La razón aún se desconoce y es mejor así, por seguridad de mi prima y sus hijos, la muerte de Carlos se mantiene en incógnita. Pero aquel momento será por ellos recordado para siempre.

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Al voltear a mi derecha, acostada a mi lado en la cama está mi prima llorando. Su esfuerzo por no hacer ningún sonido que pueda despertar a los que estamos en el cuarto hace que su rostro en medio del dolor se vea demacrado.

Sus hijos junto con otros familiares muy cercanos están en una colchoneta al pie de la cama. La razón por la que no duermen con ella, es simple. En su pierna derecha tiene clavado un aparato de acero que intenta pegar los huesos rotos que fueron impactados por la bala que atravesó su tibia y peroné en el atentado. Cualquier movimiento de sus hijos puede resultar fatídico en el proceso que debe pasar para volver a caminar con ambas piernas.

En medio de su tristeza, me da los buenos días, y nos quedamos hablando un rato de cómo habíamos pasado la noche.

Han pasado dos semanas aproximadamente desde aquel viernes. Shirley evita estar sola a como dé lugar, invita a quien pueda a quedarse a dormir con ella y con sus hijos. Es por eso que estoy allí.

En ese cuarto de paredes blancas pasa los días. Las personas que la visitamos entramos y salimos de allí. Pero ella no puede. ¿Qué hará en todo ese tiempo? Si yo tan solo al despertar recree lo que había pasado con Carlos en un minuto. ¿En qué pensará ella?

Entre el dolor de su pierna y el dolor por la pérdida de su amado, Shirley busca hacer cosas que la entretengan. Esa mañana me invita a mí y a la esposa de un primo a jugar cartas en la cama. Nos reímos un poco, almorzamos juntas. Todo en el mismo lugar. En lo que quedó confinada su vida. Después de recorrer el país entero, un cuarto con una cama dos por dos es su única alternativa.

En la tarde se propone a ordenar el closet. Se encuentra imposibilitada a realizarlo por sí misma, entonces le pide a Dianis, la empleada, que siga sus órdenes. Cuando abre el closet, la muerte de Carlos se hace evidente. Allí están sus ropas, sus zapatos, su perfume y todas sus cosas. No puede evitar llorar. Y mucho menos, cuando la empleada saca de una bolsa unos volantes de la rifa de un carro salpicados de sangre. La sangre es de Carlos. Shirley los toma en sus manos, los lleva a su boca y empieza a besarlos. Me pide luego que los llene con sus datos, y que los lleve al lugar en el que debieron ser depositados. El lugar en el que su esposo murió.

Me voy de esa casa, atormentada. Con el corazón vuelto trisas, con el sentimiento de que todo en la vida es pasajero, con un dolor tan grande que me es imposible describirlo. Me voy de esa casa, pero sé que debo volver. Para estar con ellos y acompañarles no solo en ese momento si no en toda su vida.


Se acabaron los partidos. Pero la vida sigue, la familia de Carlos, lo que el más quería en la vida, aún respiran y por ellos vale la pena seguir allí.

Es fácil sentenciar el fin de las personas de acuerdo a sus actos, pero este caso es diferente. Carlos era un buen hombre. El dolor por su ausencia es aún palpable, y a pesar de su controversial partida está la certeza que tan solo un año le bastó para alcanzar lo que todos anhelamos.

Lo explico citando sus palabras - si vengo a ver a este equipo (Junior) es porque me gusta el fútbol. No me importa quién gane, lo que me importa es ver goles-. No importa cuánto tiempo vivió, importa lo que vivió.

Carlos en este juego de su vida, metió muchos goles, podría decir que aunque fue expulsado, a mi parecer injustamente, al salir de la cancha recibió aplausos, pues jugó en el último minuto (su último año) como nunca lo había hecho, metió el gol de su vida: fue feliz.

2 comentarios:

  1. Prima hay dos cosas muy importantes que no hay que dejar pasar por alto en esta cronica, una lo bien relatado sin omitir el mas minimo detalle que lo lleva a uno a conocer a Carlos y despertar ese sentido de frustacion de haberse perdido la oportunidad de haber conocido a alguien tan especial y de imaginarse el dolor de Shirley y su familia, tu perfecta redaccion, puntuacion y gramatica pone a volar la imaginacion a tal punto que logra crear dolor e indignacion por lo sucedido. lo segundo es ver lo importante que es vivir a pleno con su pareja e hijos como si cada dia fuera el ultimo, para poder de alguna manera jugar ese ultimo partido metiendole el gol a la vida, y dejar asi plasmado en la vida de los demas un recuerdo sano y limpio para ser recordado con amor y hacer que el dolor sea mas llevadero y uno poder irse a descansar en paz si se pudiera decir asi con algun sentido del deber cumplido.

    Estela te felicito por tan excelente cronica, realizada con profesionalismo,amor y dolor mezclado.

    Luis F. Quintero

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  2. gracias prima esta hermoso asi era mi adorado esposo impredesible,feliz esa es la unica tranquilidad que fuimos felices gracias a DIOS que nos dio la oportunidad de ser el uno para el otro, perdi el amor de mi vida, pero me quedan mis tres hermosos hijos por los que tengo que vivir un beso shirley anyul. ♥

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